Dicen que un ermitaño muy santo muy santo, tal vez el último, vestido con harapos, los pies ensangrentados por las piedras, la piel quemada y ampollada por el sol, corría sin parar por la arena y gritaba a todos los ecos del desierto:
- ¡Tengo la respuesta! ¡Tengo la respuesta! ¿Quien tiene una pregunta?
- ¡Tengo la respuesta! ¡Tengo la respuesta! ¿Quien tiene una pregunta?

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