viernes, abril 01, 2005

En aquel entonces yo vivía con mi hijo en el campo, cerca de un pueblo pequeño. No teniamos más que lo necesario, dos gallinas que nos daban huevos y cuatro metros de tierra donde cultivábamos tomates.
Un día encontramos un caballo herido, lo curamos y quiso quedarse con nosotros.
Los pocos vecinos que pasaban por allí decían:
-¡Que buena suerte! ¡Encontrar un caballo!
De esta forma yo podía acercarme al pueblo, donde comencí a hacer algunos trabajitos ayudando a un albañil. Así además de huevos y tomates empezamos a comer algo de carne y también a beber leche de vez en cuando.
Hasta que una mañana el animal ya no estaba. Se había escapado.
Los vecinos dijeron:
-¡Que mala suerte! ¡Ahora que te empezaban a ir bien las cosas...!
Pero al poco tiempo, al salir de casa volvía a ver al caballo, y esta vez no estaba solo. Se había traido a otro con él.
Vinieron a verlo los vecinos y dijeron:
-¡Que buena suerte la tuya! ¡No sólo has recuperado tu caballo, si no que ahora tienes dos!
Al disponer de dos animales, empecé a salir a dar paseos con mi hijo. Pero he aquí que un día él se cayó del caballo y se fracturó una pierna.
Y los vecinos dijeron:
-¡Realmente tienes mala suerte! ¡Si no hubieses encontrado el segundo caballo, tu hijo estaría bien!
Pero pasaron un par de semanas y eltalló la guerra. Todos los jóvenes del pueblo fueron movilizados, menos mi hijo, que no podía moverse.
Y los vecinos dijeron:
-¡Realmente tienes muy buena suerte! ¡Tu hijo se ha librado de la guerra!
...
Y así podría seguir hasta el día de hoy. Pero sería muy aburrido.