En un pequeño país del tercer mundo (tal vez no tan pequeño), gobernaba un militar de esos que creen saber muy bien lo que su pueblo necesita. Ejercía su poder con el rigor más absoluto. Su justicia era implacable. Mandaba arrestar rápidamente a todos los criminales y se encargaba personalmente de que las sentencias fueran ejecutadas de forma fulminante y despiadada.
La situación, sin embargo no le complacía. Sentía que no todo el mundo le respetaba y que su autoridad era cuestionada.
Una mañana convocó al Ministro del Interior, sin duda su más fiel colaborador y le preguntó:
- He mandado torturar y ejecutar a miles de personas y sin embargo no todos me temen... ¿Que está pasando?
- Es lógico. - contestó el Ministro - Todos aquellos a los que has perseguido y hecho ejecutar eran culpables de algún delito, osea criminales. El resto del pueblo se cree inocente y no encuentra razones para temerte. Si realmente quieres ser respetado ciegamente debes ejecutar también inocentes. Ése es el secreto de la autoridad.
El dictador meditó durante un momento, comprendió lo que le decía su Ministro e inmediatamente lo mandó fusilar.
La situación, sin embargo no le complacía. Sentía que no todo el mundo le respetaba y que su autoridad era cuestionada.
Una mañana convocó al Ministro del Interior, sin duda su más fiel colaborador y le preguntó:
- He mandado torturar y ejecutar a miles de personas y sin embargo no todos me temen... ¿Que está pasando?
- Es lógico. - contestó el Ministro - Todos aquellos a los que has perseguido y hecho ejecutar eran culpables de algún delito, osea criminales. El resto del pueblo se cree inocente y no encuentra razones para temerte. Si realmente quieres ser respetado ciegamente debes ejecutar también inocentes. Ése es el secreto de la autoridad.
El dictador meditó durante un momento, comprendió lo que le decía su Ministro e inmediatamente lo mandó fusilar.

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